Los Dos Samuráis

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Los Dos Samuráis

Mensaje por Elric el Lun Abr 04, 2011 5:13 pm



Los
Dos Samuráis.












Desde la mañana que estábamos escapando. Me di cuenta que
nos seguían los lobos a las pocas horas. Habíamos hecho un alto para descansar
un poco, abrigarnos lo mejor posible y tomar agua cuando vi al primero. Seguramente
el jefe de la jauría. Un lobo gris que nos miraba atentamente a unos cuantos
metros por entre los troncos de los arboles desnudos, ribeteados de nieve. Esa
mirada revelaba inteligencia.
Preferí no decirle nada a mi compañero que ya empezaba a
mostrar síntomas de fiebre y ver su herida; no estaba bien. Una prominente
hinchazón de color morado estaba apareciendo en el contorno del corte lleno de
sangre seca.



El castillo de Shirakawa se transformo en la única oportunidad de salvarnos que
teníamos y nos aferramos a eso para seguir. Sería más fácil, mucho más fácil
sin la tormenta de nieve, el frio que calaba los huesos, la herida de Saotome y
los lobos...los malditos lobos atraídos por el olor a sangre.
El invierno se había presentado particularmente crudo y la nieve hacia ya tres días que no había
dejado de caer densa y dolorosa; cubriendo todos los relieves con un sudario
blanco. No podíamos aventurarnos por el camino que llevaba al castillo de
Shirakawa; estaba intransitable y, seguramente, tomado por los ashigarus del
Clan Taira por lo que era muy peligroso.



Los dos avanzábamos maltrechos por el bosque. El terrible
corte en el pecho de Saotome era el precio que habíamos pagado al escapar de
la emboscada.
Hoy temprano por la mañana, formábamos parte de un grupo de
siete Samuráis sirviendo a nuestro Señor Yuuki. Teníamos que confirmar
una reunión que pondría fin a una larga serie de entredichos con el señor
Takamochi, Daimyo del Clan rival Taira.
Fuimos atacados en el camino, sin aviso, por una docena de
hombres armados. Sospeche que eran del Clan de Takamochi y que no eran
Samuráis. Un bushi, un guerrero Samurái, hubiera hecho el ataque honrosamente:
de frente, gritando su nombre y su clan, tal como nos obliga el Código Bushido
en estos casos.
Nos defendimos bien y dimos cuenta de varios de ellos pero
la sorpresa del ataque ya había hecho estragos. Dos de los nuestros yacían acostados
con los ojos abiertos en el suelo nevado atravesados por lanzas. Creo que ni
siquiera se dieron cuenta de que estaban muertos. Naguchi cayó luego, no sin
antes cortar en dos a uno de esos desgraciados pero eran muchos. Saotome recibió el corte en
el pecho y cayo atontado lo rodeamos y contraatacamos. Yo despache a otros
dos. Confirme que no eran Samuráis, nos temían y solo se amparaban en el
número.
Isashi y Motzua estaban heridos pero seguían siendo
temibles, con la katana en una mano y el wakisashi, la espada corta de los
Samuráis, en la otra. Motzua me grito que
levantara a Saotome y huyera de allí, había que avisar de la traición y
del ataque que se avecinaba a nuestro señor Yuuki.
Aprendí a obedecer a Motzua, era el jefe del grupo. Un
Samurái muy honorable y respetado que me había enseñado mucho de lo que sabía.
Saotome se recupero y quería quedarse, una sola mirada de Motzua basto. Salimos
de esa refriega gritando de impotencia, de dolor, de agradecimiento, de
orgullo por nuestros amigos que daban sus vidas para cubrirnos la retirada.
La sangre estaba por
todos lados. Alcance a tomar unos bultos de ropa que estaban ahí y se los tire
a Saotome sobre el pecho para que cubriera su herida que seguía sangrando. Así
seria más difícil que pudieran seguir nuestro rastro de sangre en la nieve.



Yo no sentía nada, tenía mi ropa manchada de rojo pero no sentía
nada. La adrenalina invadía todo mi cuerpo, luego me fijaría si me habían
herido.
Alcance a dar vuelta mi cara y me tome el tiempo para
inclinarme y saludar a mis compañeros que ya se enfrentaban a los hombres que
quedaban. Vi una sonrisa en la cara de los Samuráis que habían sido mis camaradas.
Saotome me agarro del brazo y corrimos hacia el bosque con toda nuestra fuerza
trastabillando en la nieve.
Unas gotas saladas rodaron por mis mejillas. Creí que era
sangre o sudor pero eran lágrimas.
Mi colega había perdido mucha sangre y las fuerzas se le
iban agotando rápidamente por lo que decidimos parar. Nadie nos seguía y ya
era la tarde. La nevada que no paraba de caer se empecinaba en cubrir el paisaje
con una capa nívea y monótona, como si le molestaran los colores y las
diferencias, hacía que nos perdiéramos al transformar todas las posibles
referencias en un rotundo blanco. Todos los arboles eran iguales, todas las
piedras también, mi vista se nublaba cada vez más rápido. El cansancio me
estaba atrapando y solo los lobos, que ya eran muchos, se distinguían sobre el
fondo regular. El hambre los hacía imprudentes y nuestra lastimosa situación
los envalentonaba.
El Castillo de nuestro señor estaba a unas tres o cuatro
horas de marcha regular, pero Saotome ya no podía más. Si caía la noche… no
llegaría a ver el sol nuevamente y, probablemente yo tampoco…, podría morir
congelado… o ser comida de los lobos. Con suerte mataría a un par pero son
buenos cazadores, saben lo que hacen y nunca atacan solos cuando están en
manada. Seguramente iban a esperar a que me desmayara o cayera dormido por el agotamiento
y el frio.
Era extraño el silencio, solo aguardaban, no había aullidos,
ni gruñidos, ni ladridos. Solo aguardaban y nos miraban por entre la nieve y
los arboles despojados de hojas.
Me senté en seiza, sobre mis talones, apoyando la espalda en
un árbol para protegerme y recosté a Saotome sobre mis piernas. Desenfunde la
katana y la puse a mi diestra, accesible. Volví a tomar la empuñadura que calzaba
perfectamente en los callos de mi mano. Claro, era mi espada y aún estaba sucia
con sangre, no había tenido tiempo de limpiarla y eso oxidaría el metal. Me
quede mirando la afilada hoja. ¡Qué bella era su forma recortada entre la nieve!
forjada según el ritual shinto de mi clan. “Sin ella no soy nada” pensé.
Sé que debería haber
dejado a mi compañero e intentar llegar a Shirakawa para dar aviso de la
traición y del inminente ataque a mi señor. Dejando a Saotome también me
sacaría a los lobos de encima. El era un Samurái y lo entendería, hubiera hecho
lo mismo en mi lugar, yo lo entendería si hubiera estado en el suyo. También
soy un Samurái. Para esto hemos sido
entrenados todas nuestras vidas. Solo existe lo correcto y lo incorrecto.
Cuando en mis largas horas de meditación y entrenamiento
imaginaba estos momentos cruciales, pensaba que iba a tener determinación y ahora solo me aparecían dudas.
Decidí quedarme. No estaba dispuesto a perder otro amigo
pero sobretodo, pude sentir el insistente miedo escondido tras la decisión de
irme y dejar a Saotome. ¿Se oculta el miedo tras muchas decisiones correctas?,
esta posibilidad me enfureció.
El lobo gris parecía entender mi situación. Sentado en sus
patas traseras, aparentaba aguardar mi decisión.
Le grite. Le grite con todas mis fuerzas, las que me
quedaban: “¡¡¡No lo dejare, siquieres comida tendrás que pagar con sangre tu
dieta, no hay comida gratis!!!”.
Paro sus largas orejas y se movió
inquieto, luego husmeo el aire gélido y siguió esperando. El resto de la manada
lo miraba atentamente. El también tenía que tomar una decisión, estábamos
iguales.
Mi camarada tenía un aspecto muy demacrado. Su piel era
marfil y casi se confundía con la nieve que nos rodeaba. Solo una tenue voluta
de vapor se escapaba de su boca y parecía que se congelaba apenas salía de sus
labios. Hacia un buen rato que no se movía, no sé cuánto, ya no me importaba el
tiempo.
El cielo era un inmenso nubarrón gris que estaba cambiando
al oscuro negro. La noche empujaba para adueñarse del firmamento; los Kamis,
nuestros dioses, hacían indiferentes su rutinaria tarea con el tiempo. La próxima hora iba a definir
todo. El aire frio se hizo tenso y yo comencé a abandonarme a mi Kami, Amaterásu,
la protectora de mi familia. Imagine que Saotome ya lo había hecho a los suyos.
Los recuerdos afloraron en mi mente ajenos a mi voluntad: un
viejo cuento de lobos que me contaba mi abuela antes de dormir relataba una
antigua leyenda sobre los primeros habitantes del pueblo en el que nací, mis
antepasados. Según la tradición, un grupo de campesinos huía de la guerra entre
clanes que tenía lugar en la provincia de Suruga. Se encontraron con un lobo en
el camino que les cortaba el paso, furioso con esa gente que invadía su
territorio;tenía una pata lastimada pero su aspecto era fiero y estaba
dispuesto a atacar.
El único Samurái que dirigía a esos campesinos se adelantó
para hacerle frente con su katana. El cuento dice que el Samurái vio la pata
lastimada del animal y no considero digno enfrentarse a él ya que estaba en
inferioridad de condiciones. Entonces envaino nuevamente el sable y se sentó en
seiza frente al lobo haciéndole un respetuoso saludo. Según la leyenda, el
valiente lobo aprecio la honorabilidad del gesto del guerrero y depuso su
actitud. Los campesinos curaron al animal y se quedaron en ese lugar. A partir
de entonces el Samurái nunca anduvo solo. El lobo lo seguía como un camarada más.
Como mi decisión estaba tomada solo faltaba esperar a que
tomara el lobo la suya. Me punzaban tremendamente los dedos y ya no sentía los
pies. En poco tiempo me quede dormido. No sé cuánto tiempo después me desperté
sobresaltado. Ya era de noche y vi los relucientes ojos amarillos de la bestia
enfrente de mí. El resto de la manada aun estaba ahí, babeando sobre la nieve.
Ha llegado el momento
me dije... inesperadamente, el animal me lanzo un gruñido corto y fuerte. ¿Me
desafiaba? Corrí a Saotome que aun estaba sobre mis piernas y me dispuse a
pelear sabiendo que no tenía oportunidad, levante mi katana y grite al viento
helado de la noche mi nombre y mi clan.
El formidable lobo gris fijo sus profundos ojos sobre mí y
ladro, luego giro la cabeza hacia la manada que lo seguía y gruño fuertemente. Todos
los lobos comenzaron a irse.
El último fue el lobo gris. Su mirada había cambiado y
parecía que me saludaba de una manera respetuosa. Sin pensarlo me incline y
salude como hubiera hecho con otro valeroso Samurái. El lobo se retiro
dejándome solo en la oscuridad gélida del bosque.
A los lejos alcance a oír gritos que me llamaban. ¡Los
Samuráis de mi Señor Yuuki me buscaban! ¡Estaba salvado!, maltrecho pero
¡salvado! Quise animar a Saotome pero el ya no respiraba.
En algún lugar de la espesura aulló un lobo y los demás contestaron.
Entre lágrimas, me di cuenta que yo también estaba aullando.




Última edición por Elric el Vie Abr 08, 2011 3:52 pm, editado 1 vez
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Re: Los Dos Samuráis

Mensaje por Invitado el Lun Abr 04, 2011 5:17 pm

y alguno dice que yo me aburro mucho Rolling Eyes

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Re: Los Dos Samuráis

Mensaje por lutzow el Lun Abr 04, 2011 9:23 pm

Grande, hermano Elric...
Gracias por compartirlo... Smile
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Re: Los Dos Samuráis

Mensaje por nagini el Lun Abr 04, 2011 10:31 pm

muy chulo elric
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Re: Los Dos Samuráis

Mensaje por Filemona el Lun Abr 04, 2011 11:19 pm

Simplemente formidable, Elric...
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Re: Los Dos Samuráis

Mensaje por Deivid III el Lun Abr 04, 2011 11:47 pm

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Re: Los Dos Samuráis

Mensaje por Elric el Mar Abr 05, 2011 1:06 pm

Gracias gente muchas gracias ver grandes escritos en esta Taberna (Lutzow me gusta mucho como escribes, compartimos mucho esos personajes melancólicos buscando mundos mas felices que nunca llegan a plasmarse) me animo a compartir los mios.
Vamos quien sigue?
PD: Deivid gracias por el enlace !!!
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Re: Los Dos Samuráis

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